miércoles, 21 de noviembre de 2007

El Rancho

El Rancho**

Frente a la casa papá había construido un ranchito para guardar el maíz y el arroz. Al pasar el tiempo se amontonaban en él todas las cosas viejas de la casa.
El verano anterior armaron en una de sus esquinas un fogón de leña de los altos. Era un mesón de madera rústica, una capa de tierra y tres piedras para colocar las pailas. Debajo se apilaba la leña. Después hicieron espacio, entre los sacos, para colocar dos tanques que servirían para almacenar agua. A pesar de lo enmarañado del lugar, era mi refugio favorito, sobre todo cuando pasado el medio día azotaba el calor del verano.
Una de esas tardes, mamá trabajaba afanosamente en hacer provisión de agua, mas bien estaba terminando, cuestión de uno o dos viajes más, para dejar los barriles repletos de la fresca agua del río. Nos divertíamos tratando de atrapar las burbujitas que subían desde el fondo de los tanques, cuando ella nos sorprendió a los tres con las manos dentro del agua limpia y, por supuesto, se enojó muchísimo. ---Chiquillos tercos, cuántas veces les he dicho que salgan de aquí y se vayan a jugar al patio o al portal de la casa.
Mamá siempre era así; sus sermones duraban horas. Yo era muy nervioso y sus gritos y retahílas me afectaban mucho más que el dolor de los chicotazos, cuando me los daba. Sobre todo porque había descubierto que no se atrevía a pegarme fuerte. La había sorprendido diciéndoselo a papá: ---no me gusta pegarle, es tan flaquillo; bien sabes que nació hasta antes de tiempo.
--- Es cuestión tuya, pero después no te lamentes--- le dijo mi padre y cambió de tema.
Por ello prefería el castigo; dos o tres fuetazos con un trapo, o con la escoba de paja, llanto fingido, y al minuto se había olvidado todo. Pero aguantarse el zurra que zurra de sus regaños era como sentarse en octubre bajo un aguacero.
Esa vez fue diferente. Después del regaño, salimos y nos quedamos jugando al comienzo de la bajadita hacia el río, por donde mamá fue descendiendo bajo los árboles, refunfuñando todavía. A Lorena, mi hermanita, a la que nunca le faltaban buenas ideas, inventó un nuevo juego. Se le ocurrió que metiéramos unas ramitas de guayabo en el fogón; les encendía las puntas y, como si fueran taladros al rojo vivo, comenzó con ellos a hacer orificios en las pencas del rancho. Los hoyitos se veían redonditos, con anillos parduscos, y despedían un olor agradable. Inmediatamente Karina, mi otra hermana, y yo imitamos a Lorena en el juego.
Ellas entraron y salieron del rancho con sus ramitas encendidas varias veces, mientras yo luchaba afanosamente por alcanzar el fuego. No podía de ninguna manera y me lamenté por primera vez de ser tan raquítico. Entonces se me ocurrió la idea de improvisarme una escalera.
Comencé a sacar los leños bajo el fogón. Los fui amontonando a un lado hasta hacer un buen bulto. Satisfecho y saboreando la victoria me subí en él; las llamas lamían burlonamente las ollas en el centro del fogón. Cuando ya casi alcanzaba a encender una de las ramitas, la pila de maderos se desmoronó bajo mi peso, y lo único que logré fue aporrearme las rodillas. Por lo visto la suerte no me asistía, y por otro lado, mis eufóricas hermanas se habían olvidado por completo de mí.
El fogón sequía ardiendo vigorosamente. Llenaba el lugar de humo blancuzco y de un olor como a tiernas hojas de mango. Fue en ese momento, que dejé de escuchar las risas y algarabía de mis hermanas. Me pareció que la leña al quemarse iniciaba una extraña conversación que logró asustarme, por lo que decidí salir del rancho y unirme a ellas. No pude salir, porque cuando intenté hacerlo, escuché los gritos desaforados de mi madre: ---¡¡¡Por lo que dios más quiera, chiquillos de porra, aléjense del rancho!!!
Salté sobre los bultos y busqué sitio en una esquina del rancho, entre los sacos repletos de arroz y maíz. Alcancé un saco vacío y me cubrí lo mejor que pude. No veía absolutamente nada, y en la densa oscuridad de mi refugio, imaginaba que mi madre llegaba hasta allí cerquita, casi a mi lado, amenazando y sermoneando, mientras vertía el agua fresca sobre los tanques.---¿Dónde está tu hermanito?--- Le oí gritar desesperada. --- ¡Te estoy hablando!--- le decía a mi hermana. ----¿Es que no me oyes, chiquilla del carrizo, para qué crees que eres la más grande? Corran para el portal.
Comencé a sentirme sofocado, pero pensé: “Ni loco me sacan de aquí”. En la angustia, seguía vislumbrando a mi madre. La imaginaba entre los árboles con sus brazos delgados sosteniendo el recipiente de aluminio sobre su cabeza... y el agua derramándose y los goterones corriendo sobre su rostro... a la vez que profería amenazas y regañetas. Su voz enronquecida se volvía a alzar. ---¡¡Les dije que no se metieran allí!! ¿Ustedes creen que una es una mula vieja? ¡¡Cómo me gustaría que estuviera aquí su papá para que les pintara las canillas apunta de rebencazos, con esas mismas ramas de guayabo!! ---¡¡Cristo bendito, dónde está tu hermanito!! “Diosito”, pensé, “ojalá no se les suelte la lengua a mis hermanas.” El calor me apretaba, pero no iba a rendirme, que las regañe a ellas. Fue cuando el aire se hizo irrespirable. “Aguantaré un poco más”, me dije, “además no deben acordarse donde estoy.” Aparté un poco el saco de la cara y manoteé el aire con desesperación. Traté de gritar. No estoy seguro. No recuerdo más nada. Creo que ni siquiera pude abrir los ojos. Es curioso, trato de recordar, y lo único que da vueltas en mi memoria, es la impresionante voz de mi madre diluyéndose gradualmente hasta convertirse en murmullos. Como si de pronto me hubiese invadido un aroma de hojas tiernas, un ruido trepidante, y los hilillos de humo me hubiesen elevado lentamente hacia el techo del rancho.
** El Rancho, fue seleccionado como mejor cuento en el Concurso Nacional de Cuento Cesar A. Candanedo 1999.

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